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29 Enero 2020 Escrito por 

DIARIOS DEL MADRID SALVAJE

Por José Puy Gallego

Madrid es una de las pocas capitales de Europa que tiene la fortuna de convivir con un bosque anciano como el tiempo, un encinar de 15.300 hectáreas donde todavía prospera una de las poblaciones más densas y estables de águila imperial ibérica del mundo.

Al norte, donde linda con la rampa serrana, existe un paraíso. Frecuentándolo, el autor de este libro consiguió hacer realidad un antiguo anhelo: conocer a los animales salvajes —a las águilas, a los búhos, a los azores, a las cigüeñas negras…— como si fueran viejos amigos. Los espió desde atalayas secretas, les dio nombres, los observó paciente, resistiendo los días de cierzo, los de lluvia, las nieblas densas, el chajuán abrasador, los madrugones inclementes.

Por eso es un relato intenso, con sabor añejo, un relato para disfrutar al calor de una chimenea, en un trasnoche, sintiendo los aromas, los colores, los sonidos, incluso los latidos, de la naturaleza.

Fragmento del libro:

[...] El Bosque Viejo es verdaderamente un lugar especial, al menos para mí, porque ha vivido siempre en mi corazón, como si me acompañara, como si fuera un lugar hechizado al que necesitara regresar. Lo conocí de niño, con siete años, y desde entonces, desde que vi el primer gamo durante la ronca, a la vera de la carretera, entre las jaras, el cuello poderoso, los ojos hinchados, las palas enormes, no me ha abandonado.

Es un mundo aislado y poco conocido, al menos en su alma agreste, aunque a causa de un pintoresco capricho del destino convive en buena vecindad con la capital de España. Pocos han escrito sobre él y sin embargo encierra la fascinación de lo bravío. Tiene además un nombre singular. Hubo un tiempo, hace ya siglos, en el que los osos pardos frecuentaban sus umbrías. Descendían desde la sierra con la otoñada —los grandes machos, las hembras y los oseznos— para llenar mantecas, siguiendo el curso de los arroyos, abrigándose en las fragas más tupidas. Quizá por eso al principio me gustaba pensar que el topónimo bebía precisamente de moradores tan notables: monte de El Pardo, del oso pardo. ¿Podía ser eso cierto? En realidad, como apuntaba Manuel Ayala y Raya en 1893, tenía un origen mucho más prosaico, fundamentado en el juego de tonalidades del inmenso manto de encinas. [...]

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